Kol Hasbará
"Mirad... aquel que es guardián de Israel, ni se descuida ni duerme".
Salmos 121:4
Director y Editor: Jaime Gorenstein
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA IDENTIDAD JUDÍA[1][1]
Por Lic. Patricio A. Brodsky*
“¿Qué es ser judío?. Pertenecer a un mismo credo.
Pero... hay muchísimos judíos ateos.
No es tampoco una comunidad de intereses políticos.
Cuando vivía en Polonia había 20 partidos políticos judíos.
Tampoco es ser sionistas.
Hay judíos que no comparten nada con el Estado de Israel.
Tampoco hay un único patrón cultural,
hay innumerables ramas culturales...
En realidad ser judío es una desgracia.”
Jack Fuchs, sobreviviente de la Shoah.
La frase de Jack Fuchs encierra en su mordaz ironía, uno de los principales interrogantes que inquieta a los judíos desde hace siglos, esto es la interrogación sobre el significado de ¿Qué es Ser Judío? las respuestas a esta inquietud, siempre son parciales y nos dejan un dejo de insípida insatisfacción que periódicamente lleva a la reiteración de la pregunta con la consiguiente perennización de la búsqueda.
Podríamos decir que para los judíos la identidad judía es un interrogante que se resume en la inquietante pregunta a la que nos referimos en el párrafo de arriba. Debemos decir que posiblemente esta “crisis”[2][2] identitaria no afecte a otros grupos humanos de la misma y profunda forma particular en que inquieta existencialmente a los judíos; es muy posible que esta particular preocupación por su identidad se deba a un espíritu particularmente crítico y autocrítico del pueblo judío, espíritu que tiene un claro reflejo en el humor judío.
Me parece que la búsqueda siempre estuvo mal encarada, acaso ¿se puede hablar de un Ser Judío?, una identidad filosófica trascendental y ahistórica o sería más correcto preguntarse por las identidades judías, en este caso múltiples, limitadas e históricas. No es un asunto fácil.
Mi percepción se corresponde con la segunda concepción; no sólo existen múltiples identidades, sino que, además, en cada momento de la historia y en cada lugar particular existirán identidades hegemónicas (dominantes) e identidades subalternas y será la dialéctica cooperación-competencia entre dichas identidades la que conformará la identidad colectiva o identidad principal o dominante.
Asimismo, el pueblo judío tendrá una característica única, esta será su unidad nacional y religiosa desde su origen: “Tal como escribe Martín Buber, “Israel es un pueblo sin igual por ser el pueblo único en el mundo que desde sus comienzos fue una nación y un grupo religioso a la vez””.[3][3]
Desde mi punto de vista, al menos en los últimos 2500 años, existieron tres momentos claramente diferenciados en lo que refiere a la identidad judía y que muestran el carácter dúctil y la capacidad de adaptación a las circunstancias históricas del judaísmo:
a) La primera identidad judía dominante abarcará la antigüedad, el medioevo y se prolongará hasta mediados del siglo XVIII, fue una identidad caracterizada por la religiosidad, la persecución y la confinación en el ghetto (física y socialmente). Una identidad definida endogenicamente, de carácter positivo, y cuya particularidad será la adhesión a la identidad por la pertenencia al “Pacto con la Palabra” (Brit Milá) y cuya característica principal estará dada por que los integrantes de este pacto se ven a sí mismos como “Hijos del Precepto” (Bar Mitzvá); por otro lado también existe una delimitación identitaria impuesta desde fuera, exogénicamente, de carácter negativo, y durante el medioevo trazará los límites de la identidad judía dentro de la estigmatización como “pueblo deicida”.
b) La segunda identidad judía hegemónica se prolongará aproximadamente desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX (durante la Haskalá), fue una identidad fundamentalmente de carácter secular, que estaba profundamente imbuida e influenciada por la Ilustración (recordemos que el Iluminismo surgió como una filosofía –y un movimiento político- militantemente laico y antirreligioso); y cuyas características particulares incluían la idea de la emancipación judía, la salida del ghetto, asimismo, por estas características particulares asumirá una forma universalista, esto es, planteaban la igualdad de derechos de los judíos en las sociedades en las que vivían segregados y la integración –no la asimilación- de los judíos como ciudadanos plenos en las sociedades en las que residían desde hacía más de mil años,.
c) La tercer identidad judía –y actualmente mayoritaria, ergo dominante- arrancará hacia finales del siglo XIX pero se tornará dominante luego de la Shoá (demostración extrema del “fracaso” de la Haskalá), y, en especial tras la creación del Estado de Israel; ésta será la identidad nacional judía, la identidad sionista; la cual plantea que los judíos son un pueblo como los demás de la tierra, ni más ni menos, y que por lo tanto tiene el mismo derecho que los demás de ser un pueblo libre, una nación habitando en paz su propio Estado: el Estado de Israel.
Desde mi opinión, la identidad judía hegemónica actualmente se basa en tres pilares:
a) La valoración universal de la libertad representada en el rito de Pesaj, el cual conmemora –revive- el hito delimitador, la introducción del pacto –brit milá- con la palabra, el cual, al mismo tiempo es la encarnadura de la Ley, la inauguración de la cultura, la ética y la moral contemporáneas. Nuestra tradición nos marca vivir cada año como si ese día estuviésemos saliendo de la esclavitud; además de reforzar la ética de la identidad y el valor de la palabra -...y contarás a tus hijos...-.
b) La memoria de la persecución, la muerte y la destrucción. Desde la Biblia ya se enuncia, en relación al rito de Pesaj, “recuerda lo que te hizo Amalek”. La memoria de la persecución y el odio sufrido, en dialéctica síntesis con la valoración absoluta de la pulsión de vida (Eros), darán al pueblo judío características muy especiales, por ejemplo basta recordar que aun en los momentos de mayor alegría el mandato es NO OLVIDAR (recordemos que en el momento de creación de una nueva casa de Israel, durante los casamientos, se rompe una copa como símbolo de los hogares judíos destruidos a lo largo de la historia). La conmemoración de la persecución y el martirio del pueblo judío tiene su “Lieux de la Memoire”, (Lugar de la Memoria) en palabras de Pierre Nora, en el solemne rito conmemorativo de Iom Hashoá.
c) El renacimiento del pueblo judío como un pueblo libre en su propia tierra es el tercer pilar de la identidad judía contemporánea; en efecto, a partir del Primer Congreso Sionista de Basilea de 1897 sobre el cual Theodoro Hertzl escribió: “En Basilea, fundé el estado judío... El estado, en su esencia, ya ha sido fundado en la voluntad del pueblo por un estado.” Y en especial a partir de la creación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, la identidad judía aceptó como uno de sus pilares fundamentales al sionismo. Este hecho conmemorado en Iom Haatzmaut (el día de la independecia) que es un día de júbilo donde se celebra la redención del pueblo judío luego de diecinueve siglos de diáspora y peregrinaje; es precedido, como vimos en el punto anterior, por un día solemne en el que se recuerda a los caídos en la defensa del Estado Judío, Iom Hazikaron (Día Nacional de la Memoria de Israel).
Las identidades judías se construyen en una interacción dialéctica permanente, en una particular simbiosis de elementos nacionales, culturales y religiosos. El escritor Marcelo Birmajer afirma que no existe ningún judío totalmente ateo ni tampoco existe un judío religioso que no dude ni un instante, este carácter (la capacidad crítica y autocrítica) construyó una identidad fuerte, omnipresente en la vida del judío, pero al mismo tiempo lo ensombrece con la certeza de saberse judío sin saber exactamente que es Ser Judío.
Si hay algo que caracteriza al pueblo judío es el respeto por la vida (tanto por la propia como por la ajena), el Talmud dice "Quien salva una vida salva un mundo entero". Se lo llama el pueblo del libro porque ha sido el pueblo que legó a la humanidad nada menos que la ética, la conciencia moral y el respeto a la norma (la ley) como eje de la convivencia (el sacrificio de libertades y derechos individuales en función del bien común) [éste sacrificio, entendido como la adhesión voluntaria al pacto es la idea del Contrato Social ¡3200 años antes del iluminismo!), las nociones de Brit Milá (Pacto con la Palabra) y Bar Mitzvah (Hijo del Precepto) hacen referencia (real y simbólicamente) a esta idea.] Es tal vez este hecho el que ha signado a los judíos desde tiempos inmemoriales como un “peligro” para las sociedades basadas en la negación y la conculcación de los derechos universales.
Julián Schvindlerman al respecto dirá que:
“Elie Wiesel ha escrito: “supongamos que nuestro pueblo no hubiera transmitido la Ley a otras naciones. Olvidemos a Abraham y su ejemplo, a Moisés y su justicia, a los profetas y su mensaje. Supongamos que nuestras contribuciones a la filosofía, a la ciencia, a la literatura, son despreciables o incluso inexistentes. Maimonides, Nahmanides, Rashi: nada. Spinoza, Bergson, Einstein, Freud: nada. Supongamos que de ninguna manera hemos añadido nada al progreso, al bienestar de la humanidad. Una cosa no puede ser impugnada: los grandes verdugos, los grandes asesinos de la historia –el Faraón, Nerón, Chmelnitzky, Hitler- ni uno solo se formó en nuestro seno”. Uno podría humildemente agregar que no sólo que ninguno de los genocidas de la historia fue judío, sino que éstos han hecho de los judíos sus mortales enemigos. Razón por la cual, según postula Ruth Wisse, estar con los judíos significó estar contra el zarismo y el estalinismo, contra el fascismo y el nazismo...Estar con los judíos es estar del lado moral de la historia”.[4][4]
En efecto, esto se debe a que el pueblo judío no sólo introdujo el monoteísmo a una humanidad pagana y politeísta; sino que, además, aproximadamente treinta y dos siglos antes de la ilustración introdujo la idea del “Contrato Social” a través del “Pacto con la Palabra” (Brit Milá) y la introducción de la Ley (entendida como Ética) y junto a la idea del Pacto del pueblo con HaShem[5][5], se introduce la idea de que los hombres deben ser libres e iguales y que todos los hombres son hijos de Dios, y por lo tanto, hermanos entre sí; nuevamente la filosofía Iluminista del siglo XVIII consagró esta idea humanista y judía en la consigna “Liberté, Egalité, Fraternité” (Libertad, Igualdad y Fraternidad).[6][6]
El sabio Hillel dijo: "Si no soy yo, ¿quién?; si no es ahora, ¿cuándo?, esta frase refiere al compromiso de la ética judaica con la sociedad que lo circunda; una responsabilidad que actúa como un impulso moral, imperativo categórico de ser solidario con el prójimo. Este dictado ético conduce al profundo involucramiento cuando (como ocurrió frecuentemente en el mundo contemporáneo, demostración de que el judaísmo tiene fuertes raíces en Europa) surge la Ilustración, surge la Haskalá (como la rama judía de ese movimiento)[7][7].
Al mismo tiempo, surge desde la propia sociedad europea un inexplicable rechazo a lo judío, repulsa que construye al judaísmo como una minoría en una perenne dialéctica inclusión-exclusión que darán (tanto al judío como a las sociedades europeas un carácter particular); la periodista catalana Pilar Rahola resumió esta dialéctica en una frase de las más logradas:
“Europa no se explica sin lo judío y, al mismo tiempo, siempre se ha explicado contra lo judío. Es decir, contra sí misma.”[8][8]
Este lugar que ha tenido el judaísmo a lo largo de la historia lo ha colocado en un lugar particularmente sensible, en especial durante los dos milenios de la diáspora; el pueblo judío es el único pueblo que ha sido “capaz” de “generar” una repulsa tan sostenida y tan extendida por el mero hecho de existir. Si recorremos los diferentes momentos de la identidad judía, hallaremos sus correspondientes negaciones, esto es, diferentes formas de la judeofobia, las cuales podrían ser resumidas en una frase de Emil Fackenheim cuya idea, ampliada, cita Julián Schvindlerman:
“Le debemos al filósofo judío Emil Fackenheim la asignación de tres etapas a la evolución de la judeofobia: En la primera, el mensaje es Uds. no pueden vivir entre nosotros como judíos[9][9]. En la segunda es Uds. no pueden vivir entre nosotros[10][10]. Y en la tercera es Uds. no pueden vivir[11][11]. El académico y político israelí Amnon Rubinstein agrega la cuarta fase actual: Uds. no pueden tener su estado propio, o Uds. no pueden vivir con nosotros como miembro de la familia de las naciones”.[12][12]
Estas mutaciones acompañan las mutaciones de la propia identidad judía que como vimos arriba históricamente atravesó tres grandes etapas, de igual forma el antisemitismo tuvo tres formas correspondiente:
a) A la identidad judía religiosa se le opuso una identidad judeofóbica de carácter religioso en principio los intentos de conquista y de eliminación del estado judío por parte de los pueblos paganos (enfrentamientos que encubrían la confrontación politeísmo-monoteísmo); y más tarde la acusación cristiana hacia los judíos de ser un pueblo “deicida”(y casi un milenio de feroces persecuciones de ella derivadas) por no aceptar a Jesús como el Mesías.
b) A la identidad judía de corte laico secular y ecuménica asumida durante la Haskalá (una identidad basada en la emancipación y la inserción de los judíos en las sociedades donde habitaban) se le opuso una identidad judeofóbica fundamentalmente de corte secular y cientificista (al menos en su forma “darwinista”), de corte políticamente nacionalista y antiecuménica (proponía la erradicación de los judíos de las sociedades en las cuales vivieron por más de mil años); la combinación de estos dos factores (el darwinismo social y el nacionalismo alterofóbico) produjo un explosivo cóctel que finalmente provocó la Shoá.
c) Por último, a la identidad judía de corte singular, al nacionalismo judío (el sionismo), se le opone una forma particular de identidad judeofóbica que intenta negar al pueblo judío sus derechos nacionales, el antisionismo.
El pueblo judío es un colectivo social muy particular, ya desde la antigüedad construyó su ideología - su identidad - sobre la base de relaciones sociales que sólo aparecerán como ideología hegemónica en la humanidad tardíamente; esos valores serán, por un lado la libertad (entendida ésta como un valor universal) y el contrato social (el pacto entre hombres libres en pro del bien común, la aceptación de la ley en una comunión basada en el libre albedrío). Al mismo tiempo existen, en la vida singular de cada judío dos momentos fundamentales: el Brit Milá (lit. Pacto con la Palabra) y el Bar Mitzváh (lit. Hijo de la Ley), en la valoración de estos momentos se puede apreciar la trascendencia que para el judaísmo tienen la palabra y la ley (esto es, la cultura). Estos elementos, conjuntamente con la fuerte impronta que le ha dejado ser el pueblo más perseguido de la historia humana, han hecho que la identidad judía adquiera un carácter muy particular (mientras decenas de pueblos, aun muchos imperios se han derrumbado por su propio peso, el pueblo judío, perseguido y abyecto, disperso en la diáspora durante dos mil años ha perdurado), y será esta característica la que comportará un “riesgo” a las identidades totalitarias (un pueblo perseguido, que valora en términos absolutos la libertad y que además se niega a desaparecer o a ser subsumido). Esta inexplicable “obstinación” por mantener una identidad propia pretendiendo, además, ser libres es el elemento que a mi entender irritará a toda laya de tiranos y líderes autoritarios a todo lo largo de la historia.
La trágica ironía del judeófobo es que él necesita definir su identidad negativamente, esto es a través del rechazo de lo judío. En cambio, la identidad judía es una identidad construida a partir de la afirmación de valores propios, esto es, se define en sí misma (y como dije arriba lo hace alrededor, fundamentalmente de dos elementos conceptuales que han sido ritualizados el Brit Milá y el Bar Mitzvá).
La condición judía es un “modo ontológico de ser”, en palabras de la filósofa Magalí Milmaniene, esto es una “cualidad” ineludible, perenne.
“La condición judía, creo, no es un atributo elegible del cual se puede uno desprender por un acto de libertad, sino que configura un modo ontológico del ser en el mundo. Por lo tanto, todo lo que este haga será leído como el acto de un individuo judío que aún cuando “decide” dejar de serlo, no será más que un judío que reniega de su condición.”[13][13]
Este carácter fatalista de la identidad judía, del Ser Judío, será lo que, finalmente estará como trasfondo de la interrogación sobre el ser judío, dado que es una condición de la cual no se puede “escapar”, generará casi una angustia existencial. Finalmente quisiera citar a Sartre, ya que el filósofo existencialista planteó esta cuestión:
“Pues yo, que no soy judío, no tengo nada que negar, ni que probar, mientras que el judío, si ha decidido que su raza no existe, tiene que probarlo. Ningún judío escapa a esta regla: la autenticidad, para él, es vivir hasta el fin su condición de judío; la inautenticidad, negarla o intentar eludirla.”[14][14]
Se puede responder al interrogante planteado al inicio diciendo que ser judío, implica poseer un atributo que estigmatiza a sus portadores como miembros de un colectivo social único en la historia cuyo característica central estará dada por tener la responsabilidad histórica de haber legado a la humanidad una concepción humanista basada en el respeto a la vida y, básicamente en el respeto al otro bajo la forma del “Pacto”. Se pueden definir rasgos identitarios judíos, más el interrogante sobre el Ser Judío continua siendo una indeterminación. Tal vez la principal característica del ser judío sea su carácter inasible, inaprensible. Al respecto el historiador Pablo Hupert dirá que:
“¿Qué es lo judío?. Es una marca, lo percibimos: una marca, no mucho más; a la vez, nada menos. Es marca aquello fáctico y constatable pero que no detenta ningún sentido. Una marca requiere un sentido, pero una marca es vacía de sentido. Una marca es una exigencia vacía: un signo de interrogación acuciante, pruriginoso. La marca judía es tal que, sin decirnos su significado, nos aguijonea planteando la pregunta por su sentido. La marca judía le recalca al marcado que es judío, pero no le dice en qué consiste serlo, ni cómo se lo es...En principio y al principio, lo judío no es más que una marca...[15][15] Lo judío no es más que el rastro de una indeterminación, una presentación indeterminada”[16][16]
La identidad hegemónica en el judaísmo contemporáneo se construirá, básicamente sobre tres pilares:
a) La conmemoración de su origen como pueblo libre y su creación como sujeto de la Ley, acontecimientos conmemorados (revividos) en el rito de Pesaj.
“...el recuerdo histórico no es ningún punto fijo en el pasado que vaya estando cada año un año más pasado, sino que es un recuerdo siempre igual de cercano, que propiamente no ha pasado, sino que es recuerdo eternamente presente. Cada uno en particular debe ver la salida de Egipto como si él mismo hubiera participado en ella.”[17][17]
Parecería ser que el apego a las tradiciones y sobre todo a la memoria, sintetizada en la Hagadá de Pesaj (el relato de pascua) que ordena dos cosas: "...y les contarás a tus hijos" (como forma de mantener viva la identidad, la historia colectiva a través del relato y la memoria de lo acontecido) y por otro lado "...cada uno de vosotros cada año deberá vivir el relato de la Hagadá como si en ese mismo instante estuviera saliendo de Egipto..." (como indicador de la fuerte valoración del testimonio, de la palabra del protagonista).
“La Hagadá de Pesaj nos enseña que debemos sentirnos como que somos nosotros los que salimos de Egipto. El seder de Pesaj propone una vivencia y no una lección escolarizada del pasado.”[18][18]
b) La conmemoración de la persecución y el martirio del pueblo judío durante la Shoá.
Mil años de cultura que al mismo tiempo fueron mil años de alteridad. Una identidad en permanente dialéctica dentro-fuera. La díada inclusión-exclusión otorgaron un carácter muy especial a la concepción judía de la memoria. Un pueblo por dos milenios sin tierra y que a pesar de la dispersión geográfica, idiomática, y hasta cultural se mantuvo unido a una pretérita identidad común a través del "culto" a la memoria, a través de rituales comunes. Es casi una osadía que en tales condiciones; cuando en situaciones mucho más favorables, en las cuales grandes imperios unidos territorial, idiomática, culturalmente han desaparecido; el pueblo judío se haya mantenido fiel a sus tradiciones, a su identidad, aun cuando esto, en muchos casos, significó el asesinato colectivo de comunidades enteras. El judío es el pueblo más perseguido y a la vez más subsistente de la historia occidental.
Quizás, el secreto de la sobrevivencia del judaísmo se deba, al memos en parte, a una muy fuerte relación entre memoria e identidad colectiva. Los escritos sagrados judíos están plagados de apelaciones al recuerdo. Zajor, recuerda, es uno de los verbos que aparecen con mayor frecuencia en la Torah. Es un imperativo al pueblo judío, pues el recuerdo es la base de construcción de una memoria histórica colectiva, que se erija en identidad común.
“Siempre habrá judíos mientras recuerden. No hay pecado más grande que el olvido.”. Simón Wiesenthal.
“Aún el judío ateo o el más deliberadamente asimilacionista sitúa su identidad con referencia al destino histórico del pueblo judío y al enigma de su sobrevivencia...Para un judío, mantenerse en silencio sobre una parte determinante de su propia historia (la Shoá)...es una automutilación.”[19][19]
c) La redención del pueblo judío en el Estado de Israel luego de la guerra.
Existirá un tercer elemento que hoy no puede desligarse de la identidad judía, pese a su enorme importancia no puede ser escindido de la Shoá, este elemento será el desarrollo del nacionalismo judío (el sionismo) y la creación del Estado de Israel. El sionismo nace, en parte, como respuesta al desarrollo de un nacionalismo antisemita decimonónico europeo; su advenimiento como ideología dominante en el judaísmo diaspórico estuvo relacionada estrechamente con el crecimiento de la judeofobia nazi. En efecto, el sionismo crecía en adeptos y voluntades a medida que se apreciaba más claramente el riesgo que acechaba a los judíos europeos y que los mismos estaban abandonados a su suerte por un mundo en el cual parecían estar “de más”. El posterior trágico destino de un tercio de la judería mundial junto con la partición del mandato británico de palestina por parte de la ONU y, finalmente, el nacimiento del Estado de Israel no hicieron más que favorecer el desarrollo de este aspecto de la identidad judía contemporánea.
Es cierto que no todos los judíos son sionistas, e inclusive hay algunos que se manifiestan contrarios a la existencia del Estado de Israel, sin embargo debe hacerse notar que ellos definen genéricamente su propia identidad no por afirmación sino por oposición, son judíos “antisionistas”, lo que no hace más que reafirmar la capital importancia del surgimiento del sionismo e Israel para la conformación de la identidad judía contemporánea (nos referimos a la identidad hegemónica y mayoritaria).
No debemos olvidar que uno de los anhelos más profundos del pueblo judío durante los 2.000 años de diáspora ha sido el retorno a la tierra de Sión, expresado en la frase “Le Shaná HaBaá Ierushalaim” (El año que viene en Jerusalem) que se dice como un postergado augurio año tras año. Pues bien, este anhelo, a partir de 1948 es una realidad con el renacimiento del Estado de Israel, es por ello que no podemos soslayar en este artículo la referencia al fuerte componente sionista de la identidad hegemónica en el judaismo de la post-guerra.
Para destacar la importancia, tanto del componente sionista en la identidad judía, como la centralidad del Estado de Israel en la vida comunitaria, quisiera cerrar esta comunicación abriendo un interrogante: De haber existido un Estado judío en 1933-1945 ¿habría habido Shoá?.
Las negritas son del editor.
[1][1] Ponencia presentada en el III Encuentro Recreando la Cultura Judeoargentina, organizado por la AMIA en Rosario, Pcia. de Santa Fe, en el mes de Agosto.
* Sociólogo, Profesor e Investigador del Museo del Holocausto de Buenos Aires
[2][2] Entendemos aquí al concepto Crisis en varias de sus acepciones:
a) Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.
b) Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese.
c) Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.
d) Situación dificultosa o complicada.
Estas definiciones han sido tomadas de la edición On-Line del Diccionario de la Real Academia Española. Vigésima Segunda Edición (año 2001). http://buscon.rae.es/diccionario/drae.htm
[3][3] Citado en Rosenberg, Shalom: Identidad e Ideología en el Pensamiento Judío Contemporáneo. En el sitio web del Department for Jewish Zionist Education. The Jewish Agency for Israel http://www.jafi.org/education/espanol/articulos/rosenberg/rosenberg01.html (16/8/2004)
[4][4] Schvindlerman, Julián: El Otro Eje Del Mal: Antiamericanismo, Antiisraelismo y Antisemitismo. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004, pp. 31
[5][5] Literalmente “EL NOMBRE”, metáfora para referirse a D’os.
[6][6] Esta particularidad del judaísmo, inclusive, puede ser interpretada en términos del contractualismo como la “salida del estado de naturaleza” (Thomas Hobbes) a través de la introducción de la Ley (Bar Mitzvá) y la creación del “Leviatán” (Hobbes) representado por la voluntad de HaShem y el Pacto del Monte Sinaí mediante el cual nos entregó las Tablas de la Ley.
[7][7] De igual manera podríamos decir que el nacionalismo judío (el sionismo) es la rama judía del nacionalismo europeo decimonónico.
[8][8] Rahola, Pilar: A Favor De Israel, en Revista Análisis, Volumen XXIII - Febrero 2003 en Internet http://www.revistaanalisis.com/2003/03-02/internacional.html
[9][9] La etapa de los bautismos forzados (P.A.B.)
[10][10] La etapa de los ghettos y las expulsiones (P.A.B.)
[11][11] La etapa genocida durante la Shoá (P.A.B.)
[12][12] Schvindlerman, Julián: El Otro Eje Del Mal... Op. Cit., pp. 27
[13][13] Milmaniene, Magalí: Algunas Reflexiones sobre la Identidad judía después de la Shoá, ponencia presentada en las V Jornadas Nacionales de Sociología, Buenos Aires, 2002.
[14][14] Sartre, Jean Paul: La Cuestión Judía. Buenos Aires:
[15][15] La marca judía más acreditada es el bris, pero no es la única marca posible. La marca judía también puede resultar de un nombre, un viaje, un idioma, unos sabores, unos olores, una inquietud, todas esas cosas que quedan sumergidas en el sujeto, boyando sin un significado claro, pero que nunca lo dejan de inquietar, sea a través de la añoranza o el buen recuerdo. Huelga decir que si este sujeto está tomado por los discursos hegemónicos sobre lo judío, esas marcas no obrarán como operadores de interrogación, sino que constituirán un sentido más, un rasgo identitario más.
[16][16] Hupert: Pablo: ¿Qué Es Ser Judío Hoy Acá?. Notas para una Experiencia. Primer Premio en el Concurso Literario de Ensayo 2004 organizado por la Dirección de Cultura de AMIA con el tema ¿Qué es ser judío hoy?. Mímeo, Buenos Aires, 2004.
[17][17] Rosenzweig, Franz citado en Brodsky, Patricio: La Shoá Como Memoria Colectiva: Representación, Banalización Y Memoria. En Nuestra Memoria, Revista de la Fundación Memoria del Holocausto, Año IX N°21 Abril de 2003, Buenos Aires, Pág. 32.
[18][18] Sonis, Natan: Acerca de la memoria, su función y para qué sostenerla en Hagshamá.org.il; El lugar de los jóvenes en la Organización Sionista Mundial, 1/8/1999, http://www.hagshama.org.il/es/recursos/view.asp?id=530 (3/8/2004)
[19][19] Steiner, George citado en Hassoun, Jacques: El Exilio de la Memoria. La Ruptura de Auschwitz. Buenos Aires: Xavier Bóveda Ediciones, 1998, Pág. 28.